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Ramón Montoya

De Ateneo de Córdoba
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El guitarrista y compositor Ramón Montoya Salazar nació en Madrid en 2 de noviembre de 1880, ciudad donde falleció en 1949. Recibió lecciones del Maestro Malagueño, y algunas de Miguel Borrull. Sus comienzos artísticos tuvieron lugar a los catorce años en un café cantante de la madrileña calle del Pez. Con ocasión de un homenaje a La Mejorana, en el Liceo Ríos de Madrid, es descubierto por el empresario del Café de la Marina, uno de los más importantes de la villa y corte, en el cual permaneció durante varias temporadas, revelándose como la gran figura de su tiempo, pues entre los años 1896 y 1904, alterna con artistas como Juan Breva, Salud Rodríguez, Antonio de Bilbao, La Macarrona y desde 1912 a 1926 como tocaor fijo de don Antonio Chacón.

Rafael Morales ha situado así la trayectoria de Ramón Montoya, por aquellos primeros años del siglo XX: «A partir de la época de Chacón, fue Montoya muy solicitado en todas las fiestas que se daban en los palacios de la nobleza, siendo el encargado de la confección de aquellos cuadros flamencos que actuaban, y en las que al final venía la actuación de Antonio Chacón y Ramón Montoya, para satisfacción de aquellos que viviendo esa época gozaron de las más genuinas figuras representativas de nuestro arte flamenco puro.

Dos tertulias guitarrísticas había en Madrid, de donde podría ser extensísima la extracción de anécdotas relacionadas con Ramón Montoya. Una era la guitarrería del famoso luthier Santos Hernández, en la calle de la Aduana, y el colmao flamenco Villa Rosa, en la plaza de Santa Ana. En ellas, Montoya, ante los aficionados que asistían a la primera y los profesionales que paraban en la segunda, daba muestras de su carácter creador para improvisar o componer aquellas falsetas que le inmortalizaron. Merecían los unánimes elogios de quienes las escuchaban, tanto por los guitarristas de la opuesta escuela clásica como por aquellos compañeros, guitarristas flamencos, que siempre encontraron el aliento de Montoya y que se rendían ante tan sublime arte, con aquella frase de "que bien toca usted, Ramón". Transcurren los años en los que la guitarra de Montoya se impone, se valora y se estima por todos, por su musicalidad, por su creación, por la incorporación a la guitarra flamenca de muchos recursos hasta entonces desconocidos, por no desarrollados por ningún otro guitarrista, y que marcaron una evolución desenvolvimiento para este instrumento en el campo flamenco, que hoy, en un momento pleno de virtuosismo y arte en tantos guitarristas que han continuado entre las primeras figuras, se puede considerar en gran parte adquiridos de lo que en Ramón Montoya se puede titular fuente del toque flamenco».

Este esplendor artístico de Ramón Montoya gozó de la suerte de ser conservado para siempre, pues cuando estaba inmerso en la vorágine de sus actuaciones por toda España, tanto como acompañante como solista, por mediación de un antiguo alumno suyo, artista gráfico y autor de las caricaturas que conocemos de él y de Manolo de Huelva, Marius Zayas, que se erige en su exclusivista y promotor, inició una serie de conciertos por Europa. Rodrigo de Zayas, que ha escrito amplia y puntualizadoramente sobre este período capital en la vida y el arte de Ramón Montoya, lo resume con las siguientes palabras.- «En septiembre de 1936. empezó una brillante carrera Internacional, impulsada por un antiguo alumno suyo; el artista gráfico Marius de Zayas. Sus giras, entre 1936 y 1938 le llevarían ante los públicos más exigentes de la música clásica, en las salas de conciertos más prestigiosas de Europa y América. En febrero de 1938, dio un recital privado, con La Argentinita, para la reina consorte, Isabel de Inglaterra». Esta gira que comenzó en Biarritz y siguió en París, donde ofreció diez conciertos, el primero en la Sala Pleyel. Bruselas y Londres, fueron también escenarios de sus éxitos, alternando en sus programas con La Argentinita y en otras ocasiones con La Joselito.

En cuanto a sus grabaciones como solista, Rodrigo de Zayas evoca así el acontecimiento: "Tan sólo faltaba lo esencial... aquello por lo que Ramón Montoya había puesto hasta la última gota de su sangre gitana y por lo que mi padre había puesto todo su amor y su empeño. Faltaba saber si el álbum de discos sería un éxito..., o no- pero eso ni se pensaba. Se cuidó mucho la presentación; los seis discos, con sus etiquetas rojas (color, según Zayas, de sangre gitana), se presentaban en un álbum encuadernado con una tela en color amarillo (color de España, siempre según Zayas), sobre la que unas letras de oro diseñadas por mi padre decían sencillamente: " Arte clásico flamenco".

En el lomo, con la misma letra, había: Ramón Montoya. EI libreto de presentación tenía un prólogo firmado por Nicolás Callejón, presidente de la Sociedad de Cante Flamenco de Madrid. Luego, venía un estudio detallado de cada pieza, escrito por Víctor Randolph, seudónimo de mi madre, Vírginia Randolph Harrison. Al fínal, había un toque transcrito sobre pentagrama".

Soleares, granaina, taranta, siguiriya, buleria, rondeña, guajira, tango y tientos, farruca, alegría, minera... toques que despertaron la atención del prestigioso crítico musical Emile Bulliremos, el cuál publica, el 12 de noviembre de 1936, la siguiente glosa en el Excelsior: "Acaban de consagrar todo un álbum al arte clásico flamenco. El famoso guitarrista Ramón Montoya, gran especialista dentro de este género ha grabado unas piezas típicas... Estas piezas están extraordinariamente llenas de matices, con unas sutilezas rítmicas que son absolutamente desconcertantes. La técnica del estilo flamenco es extremadamente compleja. La música popular andaluza comprende una variedad prodigiosa, de cuyas obras sobrecogedoras, Ramón Montoya acaba de plasmar en la cera un muestrario muy relevante. Todos aquellos que han podido escuchar al incomparable Segovia, saben todo lo que se puede pedir a un instrumento tan rico como la guitarra. Desde el punto de vista puramente musicológico, el esfuerzo de un Montoya representa, asimismo, una verdadera revelación. Quienes se interesan por la génesis de los estilos y el desarrollo de las artes populares, podrán estudiar con el máximo provecho este álbum que está muy bien presentado y que constituye, para los aficionados, una pieza de colección inestimable".

Después, de la primavera al otoño de 1937, Ramón Montoya ofreció su arte en América, desde donde regresó a París. A su vuelta a España, terminada la guerra civil, encabezó numerosos espectáculos junto a Pepe Marchena y aumentó su discografía acompañando el cante de destacados intérpretes. Domingo Prat, glosó su arte con las siguientes palabras: "Montoya produce en la guitarra la variada gama folklórica sur hispana, mereciendo siempre especial elogio por los maravillosos giros que imprime a su labor, evocando con sin par belleza las distintas tonadas y ritmos de la musa andaluza, que tantas veces ha inspirado a grandes compositares". Manuel Cano, que en 1964 grabó el disco Evolución en la Guitarra de Ramón Montoya, ha opinado de su toque: "De Montoya podría decir, haciendo eco de lo que una voz que ilustra uno sus primeros discos nos deja escuchar, y dice: emperador del toque flamenco, pero añadiendo a esto su gran personalidad y sensibilidad y sobre todo un sonido que supo arrancar a su guitarra, que desde sus comienzos gramofónicos le ha distinguido de todos los demás. Si grande y fecunda fue su obra como solista, forjado en una escuela nueva y viva para la guitarra flamenca, grande fue también como acompañante al cante, donde sus tonalidades, sus falsetas y su originalidad, le hizo, como diríamos en Andalucía cantar... y cantar bien a todos los que acompañó... porque Montoya supo dar y crear en su guitarra el justo acompañamiento y una escuela, sin lugar a dudas, la primera escuela de arranque y creación para la brillante evolución de la guitarra en la actualidad".

Félix Grande ha analizado la trascendencia y peculiaridades de la guitarra de Ramón Montoya, en relación con los guitarristas actuales: "Hoy ya no se imita a Montoya en sus maneras personales de concebir la forma musical. Hay, por ejemplo, una peculiaridad de Montoya que quizás es la más visible servidumbre del maestro para con las constantes de la guitarra flamenca de su época, y que consiste en la acumulación incesante de generalmente rápidas variaciones en una especie de invención sin reposo, con mayor atención a una cierta tiranía del compás que a la máxima valoración de los sucesivos aciertos. La falta de lo que en anatomía y, metafóricamente, en la crítica literaria se llama tejido conjuntivo, y que aplicado a la estructura del discurso musical podríamos mencionar como los respiros estratégicos entre dos instantes de intensidad expresiva, ese apasionamiento creador parece acelerar la velocidad de la música de don Ramón y sobre todo la acumulación urgente de sus falsetas, hasta un punto tal que en el contexto llega no a perder su buen gusto, pero sí a disminuir en ocasiones su genialidad. Los mejores entre los jóvenes guitarristas desarrollan hoy su vehemencia con mayor astucia musical, con el sosiego que posibilita el estar apoyados entre otras cosas, en la fortuna del legado de don Ramón... Aquí sólo me queda recomendar la frecuentación de esta grabación de Montoya, en donde se encuentra el origen del virtuosismo flamenco de la actualidad, en donde se advierte la plataforma de un emocionante lenguaje y en donde podemos ver como los más libres y creadores de entre los guitarristas actuales han heredado, para continuarlo, su magisterio; el afán por la perfección técnica, el afán por la consecución de un sonido personal que facilite la expresión de una intimidad que comunicar y el minucioso afán de independencia artística. Creo que todo eso es lo que hizo que de don Ramón Montoya y su arte se ocupara la posteridad, que somos nosotros".

La última reedición de las grabaciones de Ramón Montoya, ha tenido lugar, junto a toques de Manolo de Huelva, con el patrocinio del Ayuntamiento de Sevilla, en 1984, como actividad paralela de la III Bienal de Arte Flamenco Ciudad de Sevilla.

Fuentes

  • Datos extraidos del Diccionario Flamenco de Jose Blas Vega y Manuel Rios Ruiz. (Cinterco. 1985)
  • El Niño de la Albarizuela

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